Raquel Mauriño
Quiero aclarar que, de momento, no soy lo suficientemente importante como para que nadie me escriba una biografía. No me siento demasiado cómoda escribiendo sobre mí en tercera persona, aunque sea algo que en este ámbito se hace sin ningún tipo de pudor. Una vez aclarado esto, puedo proceder:
Nací un lunes. Tan trabajadora, yo. Nacer un lunes es una experiencia que no le recomiendo ni a mi peor enemigo, pero claro, nadie escarmienta por cabeza ajena. Nacer en lunes supone ponerse de parto el domingo, cuando el poco personal que queda en el hospital está agotado de las guardias. Y todos sabemos que los lunes, las cosas nunca mejoran.
De pequeña quería ser profesora, escritora y periodista. Las personas que nacemos en lunes, solemos conseguir lo que nos proponemos. Aunque lo de conservar la ilusión de la niñez tampoco es algo que dependa únicamente del esfuerzo. Lo único que no he conseguido, por ahora, es lo de ser periodista. Me conformaría con escribir una columna de vez en cuando, así que desde aquí me postulo ingenuamente para cualquier periódico, grande o pequeño, que quiera contar con la sabiduría amplia, difusa y superficial que me he ido forjando gracias a mi propia curiosidad, a las preguntas inoportunas de mis hijos y a las de los miles de alumnos de los que he tenido la suerte de aprender durante estos quince años de docencia.
La licenciatura de Bioquímica y los cuatro años posteriores en los que trabajé en la Universidad de Sevilla hicieron mucho más que contribuir a esa sabiduría de una manera concentrada y profunda. Gracias a tantas horas entre cultivos y ratas de laboratorio, aprendí a asombrarme a escala microscópica. Gracias a mi marido, un ambientólogo que llegó a mi vida por esa época, aprendí a asombrarme a escala macroscópica y, casi sin darme cuenta, me fui convirtiendo en naturalista. No sé cómo describir ese asombro sin caer en el adjetivo fácil. Al menos no en una autobiografía. Si quieres saber más sobre cómo esos años impregnaron mi mirada, no tendrás más remedio que leerme.
A pesar de lo mucho que disfruté de mi formación como bioquímica e investigadora, antes de leer mi tesis doctoral, llegué a la conclusión de que ni mi curiosidad ni mi pasión por la ciencia alcanzaban para sobrellevar las intrigas universitarias, el miedo y la compasión que sentía hacia las ratas, ni el trabajo metódico que debe hacer un científico tras esa chispa de creatividad de la que nacen sus preguntas.
En ese momento, se podría decir que, llena de admiración por mis concienzudos colegas, colgué la bata y la dejé para ellos. Pero en realidad me la llevé a un laboratorio escolar en el que puedo jugar con mis alumnos y disfrutar de su asombro. Afortunadamente, esa pasión sí que me alcanza. E impregna, no sólo mi mirada, sino también mi voz.
Mis hijos también nacieron en lunes, tan trabajadores como su madre, aunque sólo para lo que les interesa, como su madre. En fin, ¡no iban a ser ellos los primeros en escarmentar por cabeza ajena! Ya se sabe que, en casa del herrero, cuchara de palo. De esta manera, la poesía empezó a ejercer su particular justicia y yo me vi forzada a pasar cuatro veces por el mismo suplicio al que yo misma sometí a mi madre allá por 1984.
Se podría decir que siempre he sido una persona creativa. Lo que pasa es que, como podrás imaginar, en esos años de mi vida me dediqué únicamente a crear y criar criaturas. En esta etapa aprendí mucho sobre la ternura. Quizá la ternura siempre ha sido mi manera de habitar el mundo, lo cual, al contrario de lo que se pueda pensar, no significa que de vez en cuando no me transforme en medusa y suelte veneno por los tirabuzones. Ponerle nombre a esa forma de habitar el mundo sí que fue una novedad, por la que tengo que dar crédito a Nacho Vegas.
Tras unos años de potitos, pañales y balbuceos he empezado a diversificar la producción. En septiembre de 2025 publiqué mi primera novela infantil, «¡Salvemos los bocadillos de mortadela!». En fase creativa andan una precuela, un poemario y una autobiografía excesivamente libre. Sería fácil culpar a mis hijos de no terminar ninguna, pero la verdad es que esa ha sido mi historia de amor con la escritura. Un coqueteo interminable por el que no terminaba de apostar. Para ser justos, lo primero que terminé, ya a mis cuarenta y uno, se lo dediqué a ellos. Así que se podría decir que, como cualquier musa que se precie, son a la vez inspiración y distracción. Y en esas sigo, haciendo malabares con la docencia, la escritura y la maternidad, guiada por una necesidad de ser auténtica que a veces roza la compulsión. Por poner un ejemplo, ahora mismo pienso en lo que me sentaré a escribir sobre mí mientras hago una lasaña de espinacas que le encantará a algunos de mis hijos, pasará sin pena ni gloria para otros y hará dar arcadas a un quinto. Seguramente pase lo mismo con mis escritos. ¡Qué le vamos a hacer, no se puede contentar a todo el mundo! Lo que de verdad me da miedo es que se me pierdan las letras entre pucheros, demandas y preguntas a deshora. Así que hoy se me van a quemar las espinacas.
