Fragmentos

¡Salvemos los bocadillos de mortadela!

La brújula de las migraciones

Este barrio, como el tuyo, late envuelto en un estruendo constante de risas infantiles. No sé si sabrás que el sonido es una vibración que golpea suavemente los oídos. Pues bien, la risa de los niños llega un poco más lejos; golpea tan fuerte que puede atravesar la piel, provocar turbulencias en la sangre y, finalmente, alcanzar el corazón. Desde allí se dispersa por todo el organismo y sigue haciendo vibrar cada célula. Y todo eso sin que nadie se dé cuenta. Alguna vez he pensado que habría que estudiar su efecto en otros seres vivos.
Quizá se descubriese que es la brújula que marca las migraciones, la que dirige a las mariposas monarca, las tortugas bobas y los flamencos. Tal vez haga vibrar también a los árboles y les indique hacia dónde tienen que crecer. A lo mejor la naturaleza anda loca porque cada vez hay más niños serios, como adultos. No sé, quizá estoy desvariando… Solo sé que es difícil ser feliz cuando los niños no ríen.

La gran nube

La mozca zezé

Esta vez, los niños se miraron unos a otros, temiendo que Álex hubiese perdido el juicio. Pedro tomó la palabra:
—Pero ¿qué es eso de la mosca…?
—Zezé —lo ayudó Luca—. Ez una mozca que te vuelve zombi—. Y para ilustrar su explicación, se puso bizco, babeando por la comisura de los labios.

Valentina lanzó uno de sus gritos que, según sus amigos, rompían la barrera del sonido.

—¡Pero qué exagerados sois! —dijo Amelia poniendo los ojos en blanco—. No es para tanto, Valentina;

no te vuelve zombi, solo que transmite un parásito que provoca la enfermedad del sueño.

—Zí que ez para tanto, no te deja dormir.
—¡De noche! No te deja dormir de noche —aclaró Amelia—, por eso de día estás frito.
—Una vez entró en un poblado africano, y a los tres días, ¡todos enterrados! —añadió Álex en tono dramático.

—¡Seguro que estaban muertos! —Se asustó Valentina.

—¡Hombre, pues claro, hija! ¡No los van a enterrar vivos! —contestó Teresa exasperada.
—Pero vamos a ver: ¡que la mosca tsetsé no vive en España! —exclamó Hugo.
—Pues se ha debido de colar. No sé, a lo mejor ha llegado dentro de un barco.
—¡Que no! Que si les hubiera picado la mosca tsetsé ya estarían tiesos. ¡Si llevan más de un mes durmiéndose por los rincones!

—Yo estoy de acuerdo con Hugo —dijo Amelia.
—¡Yo
ziempre voy con Álex! Además, zi no ez la mozca zezé, zerá otra mozca; zon todaz igual de pezadaz. Cuando ze te empiezan a poner en la cara no hay quien duerma.
—¡Qué exagerado! ¡A una mosca pesada se le echa flis-flis la primera noche y ya está! —lo contradijo Hugo.
Luca lo miró muy serio:
—Como mamá
ze entere de que haz dicho ezo… ¡¿Qué te habrá hecho a ti la mozca?!

—Jopé, Luca, ¡es una mosca hipotética! —se defendió su hermano.

En proceso

Luca

Te presento a Luca… Si estás más vivo que muerto, seguro que te pareces un poco a él.

También escribo para adultos 😁

Para mí, el primer día en el camping siempre se parece mucho al de aquella primera vez. Sí que es cierto que el proceso de adaptación se va acelerando, pero nunca llego con la lección aprendida. Se me olvida cuando vuelvo a mi casa, reluciente por la ausencia prolongada de los niños, y la profano con montañas de sábanas sucias, de bañadores contaminados de verdina y de zapatos embarrados y malolientes. Entonces sucumbo a una especie de fiebre colonialista y comienzo a librar una batalla con la lavadora y la manguera como aliadas. La duración de la batalla depende siempre de mi nivel basal de ansiedad, pero al final, la victoria siempre es mía, y la celebro abriendo un botellín de sidra de fresa, especialmente diseñada para marujas, mientras observo satisfecha el lavadero vacío. Evidentemente, la conquista no es definitiva, la ropa sucia vuelve a invadirnos a las pocas horas, y atravesamos momentos difíciles, como cuando descanso de mis merecidas vacaciones y vuelvo a las aulas para encontrar otras formas más creativas de cansarme. Pero entonces entra en escena mi príncipe azul, mi caballero de la reluciente armadura, mi héroe, mi macho betta: mi marido. Porque así son los galanes del siglo XXI, que lo sepa el mundo entero: no van armados con una temible espada y un corcel blanco, sino con una garrafa de detergente y una sidra de fresa para cada uno. Porque las heroínas del siglo XXI no tememos a los dragones ni a las brujas, sino al cuarto de la lavadora. 

Dicen que la guerra vuelve arrogante al vencedor y rencoroso al vencido. Tal vez el rencor de las manchas se manifiesta en forma de cercos de ColaCao. De lo que estoy segura es de que, después de un año ganando, yo me las apaño para volver al bosque con la misma arrogancia de aquella primera vez.

Aquel día, traté de marcar mi territorio, y adoptando un tono teatral para convencer a mis hijos, decidí el reparto:  «Todo lo que abarca la lona sea de mi dominio, lo demás se lo cedo generosamente al bosque.»  Los niños celebraron a carcajadas mi dictamen, y se fueron al río a seguir con la juerga, dejándonos a los adultos el trabajo sucio. Y justo en ese momento, empezó una batalla mucho más extenuante que la que libro contra la ropa sucia. Una batalla que duró varios días y que, sin lugar a dudas, tuvo como vencedor al bosque. 

El primer día barrí antes del desayuno, para que no se nos ensuciasen los calcetines de dormir. También barrí después del desayuno, para que las hormigas no acudiesen a por los restos. Barrí cuando llegamos del río, para que al entrar los niños mojados, no se embarrase el suelo de la tienda. Volví a barrer después del almuerzo para seguir combatiendo a las hormigas. Y justo antes de la hora de los baños, para que conservásemos la agradable sensación de limpieza proporcionada por las duchas colectivas, compartidas con al menos otros trescientos campistas, aunque se entiende que no de manera simultánea. Intentando proteger una vez más los calcetines de dormir, barrí antes de que nos fuésemos a la cama.

Las hormigas no captaron el mensaje. En ningún momento respetaron las fronteras que les impuse. Mis hijos tampoco. Mi marido, solo cuando yo miraba. Y yo, solo cuando me miraban los demás.

En la mañana del segundo día empecé a plantearme si realmente merecía la pena aquello de los calcetines de dormir. También empecé a tomar conciencia de que recurría a mi inhalador más de la cuenta, quizá  por el polvo que yo misma levantaba intentando mantener el bosque a raya. Por la tarde, antes de la hora del baño, con mi marido como oyente, inicié una disertación sobre los pros y los contras de intentar mantener a los niños aseados después de la agradable sensación de limpieza que les proporcionaba la ducha, ya que debido al frío serrano, lo razonable era bañarse sobre las siete, pero como buenos españoles no nos íbamos a la cama hasta cerca de medianoche. ¿Y cómo consigue uno mantener limpios en pleno bosque a cuatro críos? Eso sí que es una batalla campal. Después del baño, el cansancio se encargó de inclinar la balanza hacia los contras. Sospecho que mi marido no necesitaba ninguna disertación, pero me dejó ir para que me convenciera a mí misma. Es una estrategia que le ahorra mucho trabajo.

El tercer día por fin comencé a recordar todo lo que les cuento a mis alumnos sobre las hormigas y los demás descomponedores: cómo utilizan la materia orgánica muerta, cerrando así las cadenas tróficas, fabricando el abono que será el origen de nueva vida; cómo son los verdaderos héroes disfrazados de villanos; y cómo conseguir por fin destruirlas, a las hormigas, las lombrices y los hongos, nos llevaría a la perdición. Y cada vez que las veía, a las muy malnacidas, paseando impunemente por la lona a pesar de que barría más de siete veces al día, me repetía la gesta de los descomponedores. Y en algún momento de la mañana, después de que una de esas heroínas vestidas de paisano me mordiera por enésima vez la pantorrilla, agarré las tijeras del pescado y corté la lona que sobresalía de la tienda de campaña. Una retirada a tiempo es una victoria. Y por fin descansé. Descansé del espejismo del control, renuncié a mi afán colonialista y asumí mi papel de conquistada. No sé en qué momento pensé que podía ganar.

Me tumbé en la hamaca, meciéndome suavemente junto al río y quizá bajé tanto la guardia que la brisa y los álamos confabularon para hipnotizarme. No sé cuánto tiempo me tuvieron atrapada. Al principio no me di cuenta: solo brillaban unas cuantas hojas, reflejando la luz del sol que incidía sobre ellas. Por momentos corría una brisa suave que las volteaba rítmicamente, dejándome ver a su capricho el verde del haz y el blanco del envés. «Como un montón de mariposas a punto de salir volando», dijo mi hija, que apareció en algún momento para tumbarse conmigo. «Como si fueran  el confeti del bosque», puntualizó su hermano cuando le expliqué que aquel era mi árbol preferido. Yo me preguntaba si el bosque celebraba una fiesta a la que me había invitado. Tal vez la victoria de las hormigas. O tal vez mi rendición definitiva.